Cuando yo era pequeñito y salía en la tele el beso del chico y de la chica de turno me tapaba los ojos, quién sabe si de vergüenza, incredulidad o exceso de emoción. El caso es que aquel detalle decía mucho de quién era ya y de cómo iba a ser y a comportarme: romántico, idealista y platónico, todo a la vez. En resumen, un verdadero pringao y un calzonazos. A la vez que lo flipaba con series como Ana de las Tejas Verdes, películas como Karate Kid (inolvidable Elisabeth Sue) o libros como La Historia Interminable, las chicas se divertían con los chicos malos, chulos y tontos, más vacíos que mi hucha de cerdito pero mostrando no sé qué instinto animal que les hacía convertirse en verdaderos imanes para mis idealizadas damiselas, portadoras todas ellas de carpetas con fotos de macizos cantantes o actores de la época, y que eran intercambiadas entre ellos como cromos de la liga 86-87.

 

Aquel desierto que era mi vida sexual y sentimental forjó mi carácter. Nunca he dejado de tener tendencias ñoñas (qué pasada las canciones de Disney o los boleros de Luis Miguel, que no?) pero a fuerza de pasar hambre tuve que espabilar. A la mierda ir de blando, de comprensivo y de sensible. A la mierda convertir en diosa a la churri de turno por el hecho de tener una sonrisa bonita, unas tetas caídas hacia arriba y una mirada de ojos que te hacía el culo pecsicola. A la mierda seguir fantaseando, soñando e imaginando hasta que no solucionara el tema de los besos, del sexo y de aprender cómo había que hacer para transmitir mis propios genes a las generaciones futuras, una necesidad y esclavitud física no elegida, pero cuya insatisfacción mantenía mi autoestima en un perfil demasiado discreto. Así, a contracorriente de mis instintos más blandengues y forzando a mi cerebro a actuar y a aprender de mis errores, comencé a conocer poco a poco a las mujeres, sus deseos, sus necesidades y sus hormonas, proceso durante el cual recibí más hachazos que besos, más desplantes que caricias y muchos más noes que síes.

 

Hoy, las cosas han cambiado. Las necesidades físicas son las mismas (bueno, vale, a lo mejor no tan urgentes como a los 15 -por suerte-) y espero que la experiencia vital adquirida haya hecho honor a su refrán preferido "La experiencia es la madre de todas las ciencias", y aunque sigo siendo en el fondo un calzonazos integral y escucho a Chenoa y Bisbal en secreto, tengo confianza e ilusión en que en este nuevo camino que es mi salida al mercado de los hombres libres y sin compromiso, no reproduzca los errores adolescentes que mi cuerpo me pide cometer en contra de sus propios intereses.